Me encantan las noches de fiesta, por eso tengo dos amigos con los que salgo todos los fines de semana.
Dejé a mi otro grupo de amigos por ellos, ya que no comprendían el significado de una acérrima y sincera amistad, y además, mis nuevos amigos saben escucharme mil veces mejor. Me daban calor cuando tenía frío, alegría cuando cundía la tristeza, atisbos de libertad cuando me sentía presa de la desesperación.
Salí con ellos este sábado, y todo iba genial. No eran ni las siete de la tarde y ya estaba con ellos. Me trataban genial, me daban mucha alegría y diversión. Cuando estaba con ellos apenas podía parar de sonreír, sin saber que mis sonrisas no eran sinceras.
A la fiesta se unieron unos cuantos amigos más, completamente diferentes a los que me acompañaban desde el principio, pero me parecían inaguantables. Lo que tal vez no supiera es que en realidad era yo el que les aprecía insoportable a ellos.
- Por favor, déjalos ya, no te merece la pena, vente con nosotros - Decían ellos casi al unísono. Pero me dio igual, había elegido la amistad de mis dos nuevos amigos, y pretendía llevarla hasta el final.
Nos fuimos solos por la zona de fiesta, y pasamos largo rato sentados en un bordillo de la acera, observando pasar a toda la gente que se divertía y que bailaba. La noche y el ambiente estaban realmente animados, y todavía quedaba muchísima penumbra nocturna por delante.
Hasta que, por pura necesidad, llamé a mis amigos, pero no acudieron. Les llamé incansable, pues apenas me había enterado de que se habían ido. Me desesperé como un auténtico loco buscándoles por todas partes, pero no aparecían. "Estamos aquí, ven a por nosotros". Una voz con eco retumbaba en mi cabeza como un taladro, y no sabía de dónde venía.
La cabeza me empezó a dar vueltas, observé que no llevaba zapatos, y volví a llamar a mis amigos.
"No nos dejes, por favor, estamos aquí".
Sentía la horrorosa necesidad de estar con ellos. Quería abrazarles, sentirles cerca, pero no aparecían. Vomité.
"Sólo tienes que buscarnos, estamos aquí". Nadie, no aparecía nadie.
Acabé tumbado en un portal, junto con un par de personas más que vestían harapos y ropa muy sucia. ¿serían ellos mis amigos?. No, no eran ellos, pero decían haberles visto, lo decían riéndose y me pareció muy siniestro. Al menos a mi ya deteriorada capacidad de razonamiento.
¿Dónde están mis dos amigos? Johnny Walker, y Jack Daniel's. ¿Dónde están? ¿Por qué tuve que cambiarlos por los de verdad?
Cuantísimo me arrepiento.
La tipografía es la ropa de las letras, y su sastre es el encargado de transformarlas en belleza. Crea letras, crea frases, crea líneas, crea párrafos, crea textos, crea libros, pero crea algo. No hay nada más maravilloso y locuaz que transmitir belleza con símbolos cicateros sin atractivo. ¡Escribe!
Si te enteras de que alguien está usando los textos de este blog como si fueran de su propiedad, te ruego que me lo notifiques para tomar las medidas oportunas. ¡Gracias!
sábado, 30 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
Torturas nazis. (parte 3)
El palillo comenzó a penetrar en sus encías, haciendo un ruido macabro y agudo. Los soldados sujetaban a la víctima, que comenzaba a revolverse agitando la cabeza con el único resultado de agrabar sus heridas.
Cuando Gerald hubo clavado el palillo, se hechó un paso atrás, y respiró fuerte.
- ¿Hueles eso? - Dijo observando cómo su muñeco de torturas gritaba y ladeaba la cabeza presa del dolor. Unas lágrimas comenzaron a escurrir por sus mejillas - Es la insensatez que se palpa en el aire. Más vale que me digas quién eres, o si no, voy a tener que emplear medidas más serias.
Se quedó mirando al espía, que emitía unos leves y patéticos gemidos desde el fondo de su garganta.
El soldado sólo movía la cabeza de un lado a otro, con el largo palillo ensangrentado clavado en sus encías superiores, justo entre las dos paletas. Un hilo de sangre recorría la comisura derecha de su boca hasta su cuello, donde se perdía en el cuello de la camiseta.
- ¡Dime tu maldito nombre, espía! - gritó gerald, alzando el segundo palillo y clavándolo en la mano de su presa, la cual inetntó levantar el brazo, pero se lo impidieron los soldados que estaban sujetándole.
- Aún me queda otro, y no te gustará saber dónde podría acabar si no te identificas ahora mismo. - La voz del general se había calmado, y ahora despedía un tono desafiante e intimidatorio.
Alzó la mano con el último palillo, pero tuvo que bajarla, pues el espía comenzó a hablar.
En cuanto pronunció su nombre (con una patética pronunciación gracias al pincho que sostenían sus ensangrentadas encías)a Gerald se le heló la sangre.
Cuando Gerald hubo clavado el palillo, se hechó un paso atrás, y respiró fuerte.
- ¿Hueles eso? - Dijo observando cómo su muñeco de torturas gritaba y ladeaba la cabeza presa del dolor. Unas lágrimas comenzaron a escurrir por sus mejillas - Es la insensatez que se palpa en el aire. Más vale que me digas quién eres, o si no, voy a tener que emplear medidas más serias.
Se quedó mirando al espía, que emitía unos leves y patéticos gemidos desde el fondo de su garganta.
El soldado sólo movía la cabeza de un lado a otro, con el largo palillo ensangrentado clavado en sus encías superiores, justo entre las dos paletas. Un hilo de sangre recorría la comisura derecha de su boca hasta su cuello, donde se perdía en el cuello de la camiseta.
- ¡Dime tu maldito nombre, espía! - gritó gerald, alzando el segundo palillo y clavándolo en la mano de su presa, la cual inetntó levantar el brazo, pero se lo impidieron los soldados que estaban sujetándole.
- Aún me queda otro, y no te gustará saber dónde podría acabar si no te identificas ahora mismo. - La voz del general se había calmado, y ahora despedía un tono desafiante e intimidatorio.
Alzó la mano con el último palillo, pero tuvo que bajarla, pues el espía comenzó a hablar.
En cuanto pronunció su nombre (con una patética pronunciación gracias al pincho que sostenían sus ensangrentadas encías)a Gerald se le heló la sangre.
lunes, 11 de octubre de 2010
Torturas nazis. (parte 2)
-Vas a decirme quién eres y qué hacías aquí - Dijo Gerald con su intimidatorio tono grave - Y me lo vas a decir ahora, si no quieres que tome medidas más drásticas.
La mirada del recluso fue elévándose gradualmente, hasta coincidir con las pupilas negras y penetrantes de Gerald, que se encontraba a escasos centímetros de él.
Acto seguido, sin mediar palabra, le escupió en la cara.
- Antes muerto - Jadeó.
Gerald no se inmutó por el proyectil salivar que había recibido, símplemente cerró los ojos, y con un suspiro se secó la cara con los cuantes negros que cubrían sus manos. Sonrió.
- Muy bien. Si no quieres hacerlo por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas. - Dijo moviendo la cabeza a un lado, lo que provocó que el mismo soldado que había sacado la manta con sonidos metálicos, corriera hacia donde estaba ésta, y la desenrollara, ofreciendo una increíble y sádica gama de objetos.
Más a la derecha, junto a una tira de cuero con palillos de madera enfundados, había un sacacorchos metálico, de diseño símple y muy afilado. Era la única herramienta que brillaba de todas.
Después de los palillos había un surtido de 4 martillos, a cual más pequeño. Todos oxidados y con sacaclavos incorporado, el último y más pequeño lo tenía afilado.
Más a la derecha, después de un bisturí y unos alicates, se deslizaba la mano de Gerald hacia los palillos, de los cuales cogió tres.
Desvió después la mirada hacia su víctima, que le miraba sin inmutarse, esperando con toda la tranquilidad que podía sacar de su nerviosismo.
Gerald, esbozó una sonrisa malévola
- Empecemos por tu nombre - Dijo mientras avanzaba hacia a él con los palillos en la mano.
Se quedó unos segundos interminables, delante suyo, mirándole. La victima no se decició a hablar. Había bajado la mirada y ya no respiraba fuerte. Gerald intuyó que intentaba relajarse para no sentir tanto dolor.
- Eres un maldito idiota. Dime tu nombre y puede que mueras de una forma más rápida de la que tenía pensada para los espías como tú.
La situación era idéntica a antes de que el general dijera esas palabras. Nada. Ningún movimiento por parte del recluso. Lindërr suspiró.
- Es una lástima que no quieras hacerlo por las buenas, pero te aseguro que cuando tengas esto en las encías - levantó los palillos y los movía de un lado a otro en un cortísimo espacio - no podrás hablar con la misma claridad, y tal vez no entienda bien lo que quieras decirme cuando hables.
Se quedó callado, mirándole por si reaccionaba, pero nad. Seguía con su insana actitud. Él no pensaba hablar, y Gerald quería que hablase. Mala combinación.
Se incorporó y miró a uno de los soldados, acto seguido movió la cabeza. Los tres obedecieron sus órdenes implícitas en ese gesto, y rodearon al soldado, sujetándole entre dos las manos y los piés. El otro soldado colgó su arma a la espalda y le sujetó la cabeza.
La levantó brúscamente tirándole del pelo, y soltó un leve gemido. Gerald observó la sangre seca que tenía en la zona supralabial, y sus miradas se cruzaron.
- Te lo preguntaré por última vez. ¿Cual es tu nombre? - Dijo el general poniéndose aún más serio.
Sin respuesta. Nada. Sólo hablaban las miradas asesinas que surcaban ese ambiente cargado. El olor a muerte y dolor que se respiraba en esa habitación no parecía ser óbice ni cortapisa para el espía americano, el cual disimulaba su terrible miedo.
No temblaba, no lloraba, no habían escapádose sus necesidades encima, pero estaba terriblemente asustado. No había podido sentir un miedo tan terrible y angustioso en su vida.
- De acuerdo - Dijo Gerald enfadado - Levántale la cabeza y ábrele la boca. Espero que le guste el sabor a sangre.
El espía no se resistió. Mientras con una mano sujetaban su cabeza, con las otras le abrían la boca. Mientras, Lindërr acercaba un largo palillo astillado hacia sus rosadas encías.
La mirada del recluso fue elévándose gradualmente, hasta coincidir con las pupilas negras y penetrantes de Gerald, que se encontraba a escasos centímetros de él.
Acto seguido, sin mediar palabra, le escupió en la cara.
- Antes muerto - Jadeó.
Gerald no se inmutó por el proyectil salivar que había recibido, símplemente cerró los ojos, y con un suspiro se secó la cara con los cuantes negros que cubrían sus manos. Sonrió.
- Muy bien. Si no quieres hacerlo por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas. - Dijo moviendo la cabeza a un lado, lo que provocó que el mismo soldado que había sacado la manta con sonidos metálicos, corriera hacia donde estaba ésta, y la desenrollara, ofreciendo una increíble y sádica gama de objetos.
Más a la derecha, junto a una tira de cuero con palillos de madera enfundados, había un sacacorchos metálico, de diseño símple y muy afilado. Era la única herramienta que brillaba de todas.
Después de los palillos había un surtido de 4 martillos, a cual más pequeño. Todos oxidados y con sacaclavos incorporado, el último y más pequeño lo tenía afilado.
Más a la derecha, después de un bisturí y unos alicates, se deslizaba la mano de Gerald hacia los palillos, de los cuales cogió tres.
Desvió después la mirada hacia su víctima, que le miraba sin inmutarse, esperando con toda la tranquilidad que podía sacar de su nerviosismo.
Gerald, esbozó una sonrisa malévola
- Empecemos por tu nombre - Dijo mientras avanzaba hacia a él con los palillos en la mano.
Se quedó unos segundos interminables, delante suyo, mirándole. La victima no se decició a hablar. Había bajado la mirada y ya no respiraba fuerte. Gerald intuyó que intentaba relajarse para no sentir tanto dolor.
- Eres un maldito idiota. Dime tu nombre y puede que mueras de una forma más rápida de la que tenía pensada para los espías como tú.
La situación era idéntica a antes de que el general dijera esas palabras. Nada. Ningún movimiento por parte del recluso. Lindërr suspiró.
- Es una lástima que no quieras hacerlo por las buenas, pero te aseguro que cuando tengas esto en las encías - levantó los palillos y los movía de un lado a otro en un cortísimo espacio - no podrás hablar con la misma claridad, y tal vez no entienda bien lo que quieras decirme cuando hables.
Se quedó callado, mirándole por si reaccionaba, pero nad. Seguía con su insana actitud. Él no pensaba hablar, y Gerald quería que hablase. Mala combinación.
Se incorporó y miró a uno de los soldados, acto seguido movió la cabeza. Los tres obedecieron sus órdenes implícitas en ese gesto, y rodearon al soldado, sujetándole entre dos las manos y los piés. El otro soldado colgó su arma a la espalda y le sujetó la cabeza.
La levantó brúscamente tirándole del pelo, y soltó un leve gemido. Gerald observó la sangre seca que tenía en la zona supralabial, y sus miradas se cruzaron.
- Te lo preguntaré por última vez. ¿Cual es tu nombre? - Dijo el general poniéndose aún más serio.
Sin respuesta. Nada. Sólo hablaban las miradas asesinas que surcaban ese ambiente cargado. El olor a muerte y dolor que se respiraba en esa habitación no parecía ser óbice ni cortapisa para el espía americano, el cual disimulaba su terrible miedo.
No temblaba, no lloraba, no habían escapádose sus necesidades encima, pero estaba terriblemente asustado. No había podido sentir un miedo tan terrible y angustioso en su vida.
- De acuerdo - Dijo Gerald enfadado - Levántale la cabeza y ábrele la boca. Espero que le guste el sabor a sangre.
El espía no se resistió. Mientras con una mano sujetaban su cabeza, con las otras le abrían la boca. Mientras, Lindërr acercaba un largo palillo astillado hacia sus rosadas encías.
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