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jueves, 19 de octubre de 2017

No nos olvides.


Mi primer cumpleaños sin ti. Me duele realmente el corazón al darme cuenta de que no vas a verme crecer hasta ser un guerrero, pero hoy, en especial, el primer día que cumplo años desde que no estás, me siento ciertamente triste. Como sé que no te gustaría nada verme decaído en un día como hoy (que, para mi, no es que signifique gran cosa, pero sí que recuerdo la ilusión que te hacía felicitarme) intentaré pasarlo sonriendo, al menos la mayor parte. 


De todos modos, es totalmente injusto que tú estés allí, en Valhöll disfrutando de deliciosos manjares, degustando los mejores caldos y emborrachándote con la hidromiel más dulce, y yo tenga que conformarme con un pequeño festín y con una tarta. Pero celebraremos muchos triunfos cuando nos juntemos de nuevo, no te lo bebas todo (que sé lo que te gusta), y te enseñaré a levantar hierros y a manejar una espada (si no te lo han enseñado ya), ya que allí no te aquejarán las dolencias propias de la edad, pues todos allí son guerreros que trascienden a las debilidades humanas, y te contaré cómo me convertí en el hombre que esperas encontrarte. Prometería no derramar más lágrimas por ti hasta que nos volvamos a ver, pero me temo que resultará imposible. No lo tomes como muestra de debilidad, sino del profundísimo amor que te tengo y todo lo que me desgarra el corazón que los Dioses te llamaran tan pronto. 

Sorprende la capacidad de mi cerebro para temerle tan poco a la muerte, deseándola incluso, en ciertas ocasiones, para poder volver a estar contigo. ¿Por qué, si yo estoy en edad de luchar, no me llamaron a mi antes? Al fin y al cabo es su voluntad. Pero tengo claro que cuando las Valkirias me lleven ante el Padre de todos, lo haré con la mayor de las sonrisas, porque sé que levantaremos hierro juntos, que beberemos de grandes cuernos, y que lucharemos mano a mano, como padre e hijo en el Ragnarök. Aunque para eso quede mucho tiempo (que para ti, ahora, no será más que un suspiro) y ahora tengo que vivir, cuidar de mi familia e intentar ser feliz y hacerles felices a ellos. Y no por ti (que también) sino por mi y por ellos, por los que quedamos en Midgard, por los que te recordaremos siempre, ya que no pasa un solo día sin que los Dioses me oigan llorarte.



No nos olvides ¿eh? que nos vemos pronto.

martes, 16 de septiembre de 2014

He vuelto a soñarte.

Hoy te he vuelto a ver en mis sueños. Tan inocente, tan blanca, tan pura como siempre, tan real, tan sentida, tan evocadora. He podido notar tu cálido abrazo y tu desprecio al mismo tiempo, esas suaves palabras de odio hacia mí, esa mirada dudosa, fría, distante, pero que tanto me llena de vida. Esa vida que nos prometimos, la he sentido y la he deseado mientras dormía. La he acariciado en sueños. Te he acariciado en sueños.
Con gran dolor noté cómo me apartabas la cara al intentar darte un beso, cómo te acurrucabas en la cama pidiéndome entre llantos que no te molestara, que te dejara en paz. Nada más placentero que tu voz, repleta de falsedad y miseria rebotando en mi cerebro una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Mataría por volver a escuchar tu voz tan nítida, tanto como en el sueño. Lloraste con furia, y cada fría lágrima resbalando por tu mejilla era un pozo sin fondo que emanaba calor, incrustado en lo más profundo de mi ser. El conformarme con tu llanto, con tu odio, con tu dolor, con tu rencor, con tu ira… era todo lo que necesitaba porque, por fin, he vuelto a soñarte. 
Soñé cómo me mirabas con los ojos enrojecidos, con la cara sangrante, con las manos vendadas, con el corazón roto, con los ojos llenos de tristeza y de pena. Soñé cómo sonreías con esa boca que tanto me hizo soñar en su tiempo y que sueño por fin ahora, soñé que te soñaba sonriéndome de nuevo, que nuestras bocas se juntaban mientras llorábamos desconsolados. Te soñé haciéndome daño, y volvería a repetir ese sueño mil veces, pasaría la eternidad durmiendo con tal de poder ver tu rostro de nuevo, aunque fuera en esa realidad onírica. Pero me calmaba, las pesadillas se fueron por fin, porque tus malas palabras, tu desprecio y tu vehemencia sueñan conmigo. No es pesadilla soñar con tu muerte, porque es a ti a quien sueño, es tu imagen, tu reflejo. Tu cara ensangrentada, tu cuerpo amoratado, aunque fuera, mataría por soñarlo
.
Hoy te he vuelto a ver en mis sueños, tan real, tan clara. Sentí en unas horas todo lo que me hiciste sentir en unos meses. Todo junto, devorando mi madrugada, recibiendo al amanecer como se merece, con lágrimas y con desesperación, con la noche cayendo como caía tu recuerdo por el falso olvido. Como pretendió caer, pero como al final no cayó.
Hoy he vuelto a soñarte, con los ojos vendados, con la boca cosida, con los oídos taponados y con esa expresión tan sincera, tan amable, siempre. Mientras soñaba, creí quererte de nuevo, creí poder engañarme hasta el punto de odiarte. Soñé que podría escribirte, remoloneé en la cama nada más despertar, empapado en sudor y en lágrimas, deseando que no hubiera sido un sueño, que tus malos modos, tus insultos, y tu descorazonada desidia siguieran a mi lado al abrir los ojos. Poder mirar ese odio de nuevo, poder sentir ese frío devorando mis pupilas de nuevo, poder sentir esa presión en el pecho al dolerme tu ausencia.


Mataría por volver a soñarte aunque fuera un segundo, como moría cada noche por seguir soñándote tiempo atrás.

lunes, 28 de julio de 2014

Nada que decir.

Tantos recuerdos y tantos pensamientos que se fueron por el desagüe. Tantas risas que ahora sollozan desconsoladas y que se marchitaron pisoteadas por una dejadez supina.  Y lloraba a la ausencia, que ya no te reconocía, que enferma entre gritos y llantos blandía su impío rencor, que sucia y desaliñada clamaba compañía. La ausencia, y tan triste, tan hambrienta, tan dolorosa, se extrañaba de tu rostro, de tu saber y de tu voz. El hueco se hacía cada vez más grande, y bostezaba con una botella de whiskey en una mano y una cigarro en la otra. Suspiraba, tomaba una calada, bebía un largo trago y espiraba el humo, se perdía entre lo que, a su juicio, parecía ser una extraña rebeldía que no tenía ni razón, ni ser, ni dueño, ni sustento, ni alma. 
Sólo hambre, hambre rugiendo por la libertad encadenada que su ilusión le permitía ver, a duras penas, entre sus párpados entreabiertos y sus ojos enrojecidos e irritados, llenos de lágrimas que se resistían a caer.
Que la ausencia, tan desesperada por no cruzarse de nuevo en su camino, le invitaba a servir a un amo, aun dueño, a un señor. Se sumía en una servidumbre disfrazada de amistad, en el sexo, sucio y deshonroso, disfrazado de amor y pasión, pero donde sólo la oscura sombra de un anhelo que, sabiendo que jamás será, tenía cabida.
 No había nada, no quedaba nada.
 Se había roto en mil pedazos toda la ilusión de ver amar de nuevo a aquellos labios que tan poco esgrimieron sus armas en pos de victoria. Ni el intento. Como una losa de cristal grueso cayendo contra el suelo, con un sonido ensordecedor, con una pena máxima, como el único motivo de ser. 
Era mayor el lamento de la poca importancia que se le había dado a la derrota, que la derrota en sí. Las victorias sólo hacen hombres vanidosos.
 Las derrotas, en cambio, hacen hombres, a secas. Después de una victoria sólo hay que escribir lo sucedido. Después de una derrota toca estudiar, leer, aprender y no volver a fallar. Después de una victoria, al fin y al cabo, no queda nada que decir.