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lunes, 19 de julio de 2010

Ultraviolencia (tributo a clockwork orange) (parte 2)

El corazón me latía a 100 por hora. La humedad y el frío que había en el ambiente me calaba hasta los huesos, pero mis ansias de violencia seguían imperantes en mí.
Todavía notaba el sabor de la leche en la boca, y en mis oídos sólo resobana una y otra vez la 5º sinfonía de Ludwig Van. Salimos del bar, y estuvimos andando largo rato, hasta que delante de nosotros sólo quedaban un par de bloques de pisos en bastante mal estado al fondo de una plaza que daba comienzo desde donde descansaban nuestros pies, y un par de indigentes durmiendo en un banco.
- Mira, Alex, parece que Bogo nos mira bien hoy, carne fresca- Dijo Pete señalando con el dedo a los dos vagabundos.
Solté una sonrisilla malévola e inspeccioné mis alrededores. A la derecha un muro enladrillado con una hilera de fuentes en la pate baja a un metro y medio de distancia despecto al suelo, todas oxidadas. En frente dos bloques de pisos con una calle en medio que los separaba, con un suelo curvado formado por piedras, lo cual le daba un aspecto bastante antiguo. Y a la izquierda otro muro carmesí con 4 bancos de madera a lo largo, algunos un poco astillados, pintados de un color verde intenso que contrastaba con el rojo apagado de los ladrillos que formaban el muro. En dos de esos bancos, se resguardaban del frío de la noche entre cartones y periódicos dos personas de mediana edad, vestidos con harapos y con gorro de lana sobre la cabeza. Ambos tenían mitones en las manos, ya bastante deteriorados por el tiempo y como cómplice la mendicidad.

Nos miramos todos a los ojos, y sonreímos. De repente, como si de una marabunta se tratara, salimos corriendo hacia ellos, gritando y haciéndo espavientos, queríamos que estuvieran despiertos a la hora de atacar. Por fin me sentía vivo de nuevo. Notaba como la violencia extrema recorría mi cuerpo, me sentía desfogado, capaz de todo. En ese instante era el dueño del mundo. Al menos de mí mundo.

Pete y Lerdo avanzaron hasta el segundo banco, y se ensañaron con el pobre que dormía plácidamente en él. No les presté atención, pues George y yo íbamos a ocuparnos de la primera víctima. Se escuchaban los golpes y gritos del mendigo provocados por Pete y Lerdo, y atento a esa macabra melodía, coloqué mi bastón en el cuello de mi víctima, que me miraba con ojos de cordero degollado. George se había subido al respaldo del banco de un salto, y miraba al pobre sonriente.
- ¿Qué....qué queréis de mí? - dijo el mendigo.
Puse una mueca, y después sonreí.
- Nada, ¿Qué íbamos a querer? - dije con un notable tono sarcástico - Únicamente quería pasear junto a mis drugos en esta noche tan preciosa y jugar con el vaho que despiden nuestros fétidos y lechosos alientos. -
El vagbundo giró la cabeza, y observó a mis hombres golpeando el rostro y el cuerpo del pobre hombre, que ya no se movía, tendido en el suelo. En el respando del banco había una abolladura, y en el asiento una salpicadura de sangre, supongo que a causa de los batazos de Pete.
El Lerdo le golpeaba la cara con la cadena como paupérrimamente le permitía su cortísima inteligencia, y pete se ensañaba con el cuerpo. Se estaba cansando, ya que a cada golpe, bien en las costillas, o bien en el estómago, despedía un leve gemido que denotaba que ponía demasiado esfuerzo en cada golpe. El pobre no se movía ni un milímetro por sí mismo, y todos sus movimientos estaban programados ségún el bate de Pete vailaba sobre su cuerpo y rompía poco a poco todos sus huesos.
- ¿¿¡Qué le hacéis a Norman!?? ¡Dejadle en paz! - Dijo intentando, vanamente, levantarse del banco e ir en rescate de su compañero de calle.
Inmediatamente le paré los pies. Le coloqué el bastón en la cara y ejecuté un pequeño golpe sobre su pómulo izquierdo.
- ¿Dónde te crees que vas? ¿Acaso quieres ser tú el siguiente? Sólo cállate y observa.
Le hice una señal a Pete para que se uniera a los otros drugos, y saltó del banco con el bate en la mano mientras soltaba un grito de júbilo. Instantáneamente se unió a la fiesta. Lerdo se sentó en el banco mientras exibía su risa de bobalicón y se sacaba del bolsillo una petaca. Bebió largos tragos mientras observaba la macabra escena.
Los bates de George y Pete hacían retumbar el suelo en contacto con el endeble cuerpo del moribundo mendigo que, como un muñeco de trapo, se retorcía de dolor tumbado en el suelo. Los bates se empezaban a astillar, y su ropa se llenó de sangre, pero él seguía vivo. El otro mendigo retenido por mí comenzó a llorar.
- Dejadle ya... Norman aún respira... ¡todavía vive! - Decía entre sollozos y lamentos. - ¡No! ¡Norman! - Intentó levantarse, pero mi respuesta fue muchísimo más rápida. Desenvainé mi puñal camuflado en el bastón, agarré con fuerza la empuñadura fálica que vestía, elegante, el final de la daga, y se lo puse en el cuello a mi nuevo amigo. - ¿Ibas a algún sitio? Será mejor que no me des más dolor de quijotera, muchacho, o te las verás con mi amigo de acero. - Dije amenazante.
Los bates rompían cada centímetro óseo de Norman, que ya veía lejana la vida. Sus costillas estaban completamente destrozadas, su columna partida, sus brazos separados del cuerpo, sus piernas hechas astillas. Pero Pete y George seguían golpeando su cuerpo, su cuerpo lleno de sangre que empapaba sus ropajes, y teñía el suelo. Solté un silbido.
- ¡Ya está bien, muchachos, continuemos la fiesta en otro sitio! -
Todos gritaron al unísono, y saltando y pegando alaridos por doquier, me siguieron calle abajo para buscar nuevas víctimas. Y yo me sentía feliz.

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