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lunes, 21 de febrero de 2011

Gritos metálicos.

Vivía en Londres, 102 de Nowhere Street. Una casa de más de 4 pisos contando con sótano y buhardilla. Una casa bastante bonita, tanto exterior como interiormente, forrado con una suave moqueta beige bastante calentita. Mi habitación era una habitación normal, con una cama y un escritorio, colocados ambos en paralelo conforme se entraba por la puerta, al final del pasillo del primer piso, y frente a ellos, un armario cuyas puertas estaban conformadas por espejos en su totalidad. La decoración era bastante austera, pero la moqueta hacía el resto, ya que siempre había odiado los decorados flamígeros, o muy recargados de contenido, y las paredes en blanco me evocaban una sensación de serenidad magnífica.


No recuerdo ni el año ni la fecha, pero era una noche oscurísima y llovía copiosamente sobre las calles londinenses, mientras yo intentaba conciliar el sueño, la verdad, sin bastante éxito. Mi familia se había ausentado durante un par de semanas, y me tocaría estar solo. "No problema", pensé.
No paraba de tronar, y estaba empezando a cogerle bastante asco a las tormentas. Intenté dormir poniéndome de lado y metiéndo las manos por entre la sábana bajera y la almohada, pero no me relajaba. Me dí la vuelta y observé las siniestras figuras que dibujaban las sombras de los árboles junto con la luz de las farolas parpadeantes en el techo de la habitación...
Comencé a agobiarme, pero intenté mantener la calma. Ya tenía 16 años, y era mayorcito para andar creyendo en presencias paranormales y en todas esas tonterías. Pero algo se movió al otro lado de la puerta. Mi angustia íba creciendo, conforme a los ruidos del pasillo. Un ruído como húmedo e intermitente, como sandalias en un suelo mojado.
Sabía que lo más racional sería quedarse en la cama y esperar a que todo pasara, pero el miedo, muchas veces, nos hace hacer cosas que no comprendemos, y yo no comprendía cómo había sido capaz de avanzar hasta la puerta de mi habitación, y pegar la oreja en la madera como si de un auscultador se tratase. El sonido cesó tan pronto como acerqué la cabeza a la blanca superficie de la puerta, y eso me relajó un poco.
De pronto, unos nudillos golpearon la puerta tres veces, y fue tal mi reacción que salte hacia atrás dando un grito, y cayendo al suelo de golpe. Una lágrima resbaló por mi mejilla. Los golpes en la puerta seguían sonando, y yo me arrastraba hacia atrás con las lárgimas en los ojos, mientras los toques aumentaban de volumen. Mi espalda tocó la mesilla de noche, y los golpes cesaron... Todo se quedó en silencio y sólo se escuhaba el siseante sonido de la lluvia chocando contra el suelo.
Observé los espejos de las puertas de los armarios, que se posaban al lado de la puerta que hacía esquina con una pared. No ví nada... en principio. La puerta se abrió, y solté un grito ahogado antes de observar que no había nada ni nadie que hubiera atravesado la puerta. Un flash pasó de lado a lado del espejo que tenía en frente, en una fracción de segundo. "Algo" de color negro se había reflejado en la pantalla cristalina del armario y había desaparecido en cuestión de microsegundos.
Con las piernas temblorosas, conseguí levantarme y avanzar hasta la puerta abierta, asomando la cabeza. Miré a la izquierda: La puerta del baño al final del pasillo estaba cerrada. Miré a la derecha, donde, al final del pasillo, un gran hueco era ocupado por las escaleras, y a su derecha, otras dos puertas enmarcadas a lo largo del pasillo de mi habitación. No ví nada.
Decidí salir y avanzar hasta las escaleras. El corazón me dio un vuelco; Había algo bajando los escalones. Había algo con forma humana. Me quedé paralizado, y no pude avanzar. Quise salir corriendo, pero algo me bloqueaba, y ya no recuerdo si era el miedo o algo que no se pudiera explicar con palabras. El humanoide subió las escaleras moviéndose por convulsiones, como si le estuvieran disparando, moviéndole los hombros con cada balazo. Acerté a observar su cara. Una cara grisácea, con los ojos como platos de color blanco, sin nariz alguna y una boca inmensamente grande, abierta de par en par en forma diagonal, formándole una mandíbula siniestra sobre una boca completamente negra. No observé si tenía brazos, ni piernas, ni cómo íba vestido. Sólo me fijaba en esa horrenda y deformada cara que, aunque no poseyera pupilas, estaba seguro de que me estaba mirando.
Las lágrimas caían a borbotones sobre mi rostro, y la presencia soltó un llanto mientras se avalanzaba a por mí. Era un llanto oscuro, repleto de dolor. Una voz como si se desplazara una puerta metálica brotó de su garganta. Antes de que la presencia me alcanzara, desperté, empapado en sudor, y con lágrimas en los ojos, respirando a un ritmo frenético. Estaba lloviendo, y preferí respirar hondo, impregnando mis pulmones de serenidad.
- Sólo ha sido un sueño.... - Me dije en el silencio exasperante de mi cuarto. Me relajé.
- ¿Un sueño? - Dijo una voz metálica desde debajo de la cama.

1 comentario:

  1. La historia es escalofriante, me a encantado escribes que da gusto.

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