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jueves, 16 de septiembre de 2010

Por mi Hermano.

Bueno, como en todas las relaciones fraternales medianamente normales, el hermano pequeño es siempre el que putea y el hermano mayor el que atiza después de la putada en cuestión. Pero aunque nos peleemos, aunque no compartamos ni la más mínima idea sobre, básicamente, nada, nos queremos. Nos queremos demasiado como para enfadarnos de verdad el uno con el otro.
Un texto que me leyó un colega del cual hace ya demasiado tiempo que no tengo noticias, decía que los hermanos y los amigos se pueden diferenciar como los cubatas y el tabaco, por poner un ejemplo actual. Supongamos que los cubatas son los amigos, y el tabaco la familia. Partiendo de esa base, si no rellenas el vaso del cubata, llega un momento en el que sólo te quedan los hielos, algo frío y muy simple, y después de un tiempo incluso, desaparecen. Pero con la familia no ocurre así, porque por mucho que pretendas fumar y pisotear ese cigarrillo, siempre quedará el filtro que te une a ellos. Un filtro aunque sea.

Somos iguales, nuestro ADN es prácticamente idéntico. Tenemos la misma sangre, carne para carne. Hemos salidos los dos del mismo útero, y los dos hemos compartido de pequeños las mismas cosas. Por eso es este texto, para demostrarle al mundo el profundísimo amor que siento por mi Hermano (con mayúscula), el que siempre me ha defendido de los abusones. Mi hermano, ese que se enfada conmigo cuando le llevo la contraria y en el fondo nos descojonamos por dentro, porque pensamos que los dos tenemos razón. Para el que jamás podrá hacerme cambiar de opinión con los Toros ni con el reggaeton. Para decirle a todos que quiero a mi Hermano como mi vida, del cual he heredado carpetas y libros. Que quiero a mi Hermano hasta el día en el que tenga que estar sujetando su mano en la cama junto con mis sobrinos para que la última persona que pueda tocar sea a alguien que comparte con él su sangre, su carne, su madre y padre, su vida.

Felices 24 Hermano. Pásalo genial en tu día.

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