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martes, 7 de junio de 2011

La cuenta está para dársela.

Como trabajos de gran responsabilidad que, incluso resulta aterrante. De chavales sentados en un bordillo en la acera, con las piernas entrelazadas y las manos apoyadas sobre el adoquín, hablando de preocupaciones típicas de un adolescente. Sentida carretera que se duele al paso de las máquinas, y falta asfalto, como flato al comenzar a correr, estando ya cansado.


Tensión que se puede cortar con un cuchillo, como inocencia perdida en un aparcamiento, sólo iluminado por unos neones rojos, azules, y verdes. Parece luz, pero evocan tinieblas.
Y de sueños repleto el mundo, pero de las ganas ni rastro. Potenciales vividores y cabezas geniales, que sólo alcanzarán el nivel de soñadores y necios.
Que pretenden soñar, pero sólo la realidad se les aparece, y cauces de lágrimas en rostros vacíos que lavan la moral. Moral ardiente como ácido en los mpulmones, que pretenden respirar, y llenarse de vida, aún cuando se deshacen en lenta agonía, sin hacerse a la idea, cruel y maldita, de que su fin está próximo.
¿Y qué hay después? Tarde.
Se apagan las luces del campo, pues las de la ciudad se marchitaron ya hace tiempo, y entre danzas dendroides que dibujan rostros en la propia sombre, evocan risas malginas repletas de un odio. Pero un odio suave, y azucarado.
No es un odio colérico y lacerante, sino un odio liviano e inofensivo. Pero al fin y al cabo, están repletos de ESE odio.

Repta por los suelos el ánimo, que se pregunta dónde está la tan ansiada justicia, y pensamientos surcan en vano las mejores ideas de una mente solitaria que llora en la amargura, y en la soledad de su sapientes pero inútiles capacidades.
Un desasosiego supurante se marca a gfuego en un pecho desnudo, una sensación brutalmente atroz, pero inofensiva, como un osito de peluche con colmillos ensangrentados. Un nudo de sensaciones que no quieren estar ahí, pero sienten la necesidad de quedarse.

Una insolencia al civismo. Como faltarle al respeto al propio respeto, como mirar a la dignidad a los ojos, y decirle con una voz ronca y fría: Te odio. Y esta siente lástima, pero sólo el sueño de conducir al autor de esa mirada por el buen camino. Pues como todos, sólo en un necio sueño se queda. Utópico incluso dentro de lo onírico, una entelequia, desgraciadamente, incomprensible.



"La cuenta, está para dársela".

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