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jueves, 9 de junio de 2011

Mi Ego

De nuevo, con los ojos llenos de arena. Bueno... no exactamente arena. ¿Sabéis esa sensación como de "arenilla" en los ojos cuando tienes mucho sueño, pero no puedes dormir, o cuando se te cansa demasiado la vista? Pues esa misma sensación.
El caso, que de nuevo, con los ojos llenos de arena, la camiseta no recuerdo dónde la tiré hacia las 2 de la mañana, y únicamente refugiado por las letras, me planto delante de la hoja en blanco. Intento amartillar las teclas con mis dedos impacientes, pero no quieren. Diablos, ¿Por qué no os movéis y hacéis algo productivo? Nada, sin respuesta, como el que oye llover.
El caso es que siempre que tengo una idea para desarrollar, me pongo excusas a mí mismo. Excusas del tipo "Ahora no, que están los niños abajo y con los gritos me desconcentran", o del tipo, "después, cuando tenga más clara la estructura". Pero cuando llega ese "luego", o ese "después", parece que el folio sigue en blanco. No sé si escribo esto porque tengo la necesidad de tener que escribir algo.
A veces pienso que si no escribo algo cada día voy a echar a perder todo mi trabajo, y todo el estilo que me caracteriza. Pues ahora, a las -casi- 4 y media de la madrugada, un miércoles, me planto delante de la hoja en blanco y pienso: Adelante, a ver qué sale.
Y se ve que esto es lo que sale:


Unas piernecitas se acurrucaban en un sucio rincón, tapadas por unos vaqueros roídos y una camiseta que, en un pasado, pudiera haber sido rosa. Las piernas permanecían juntas gracias a la labor de los brazos que se entrelazaban por delante de ellas. Un cabello amarillo y desgastado se tambaleaba al son del cuerpo diminuto que se mecía en la esquina, y unos ojos amarillos devoraban el suelo con la penuria de mil almas destrozadas.
Una mano surgió de la nada. Una mano blanca, limpia, y pura. Sin rastros de falta de calcio en las uñas, las cuales estaban perfectamente perfiladas y sincronizadas con el contorno de los dedos. Ni una sola piel muerta brotaba de entre las uñas, lo que hacía que los dedos parecieran los de un noble, o una persona que no hubiera tocado un útil de labranza en toda su vida.
La cara empapada en sollozos alzó repentinamente la vista, y su cuello comenzó a torcerse muy levemente hacia un lado, arrastrando la cabeza, mientras esa mirada amarilla y penetrante se clavaba en cada una de las falanges de los dedos de aquella mano celestial surgida del infinito, que se acercaba a ella más y más.
La niña carecía de rostro. Debajo de esas dos coletas casi en la corona de la cabeza, sólo había sitio para dos ojos enormes y de apariencia felina, que se tornaban dorados y brillaban con la intensidad de una puesta de sol. Se escuchaba su llanto, pero no podía provenir de ningún sitio, puesto que la nariz se había reducido tan sólo a un bulto en el centro de la cara. Ni rastro de la boca ni las orejas. Tan sólo dos ojos inmensos, como si hubieran borrado los rasgos principales, y hubieran juntado toda su energía en fabricar dos ojos de aspecto diabólico y siniestro.

La mano se acercó aún más, y una voz desde ningún lugar susurró:
- Ven... - Si las voces se pudieran asignar a los colores, la que resonaba en aquel instante sería, sin duda, una mezcla entre dorada y negra. Un dorado muy sucio, un dorado corroído por los años - Vamos, sé que deseas mi ayuda.

- Jamás - Una voz infantil, seguida de una grave, que sonó casi al unísono, retumbó en las paredes de la habitación, únicamente construída con cuatro muros, del color de un día triste - ¿Crees que no puedo sola?
De repente, la mano se desvaneció en el aire. Pero su presencia podía sentirse. La misma sensación de cuando se está relajado, pero tu cerebro piensa que todavía queda algún músculo o alguna articulación en tensión, pero tu cuerpo dice que no. Cuando, estando tumbado, tu cabeza cree que todavía se puede relajar más aún las extremidades, pero tu cuerpo sabe que no. Exactamente esa misma sensación.
- Creo que puedes sola. Siempre estás sola.

La siniestra mirada recorrió las paredes de la habitación en busca de nadie, y su brillo, que iluminaba la porción de espacio que ella ocupaba, comenzó a desvanecerse.

- Y sin embargo - Dijo la misma voz suave y ronca a la vez al mismo tiempo que bajaba muy lentamente la cabeza para llegar a colocarla de nuevo entre sus brazos, para acabar mirando de nuevo al suelo desgastado por los fogonazos oculares - Sigo aquí.
- Y eso... ¿Qué significa?
- Significa que, de momento, la soledad no me ha matado.

Y se hizo el silencio.


- De momento.

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