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lunes, 4 de abril de 2011

Dignidad etílica.

- "Eh, tú... ¡Sí, tú! A tí te hablo. ¿Qué pasa? ¿Acaso no me reconoces?

Claro, prefieres seguir como hasta ahora ¿no?

Vamos, sigue tirando tu vida, pedazo de escoria. Vuelve a agarrar esa botella, como cada sábado. Vuelve a perder tu dignidad. ¿Sabes qué? Yo ya no puedo hacer nada más. ¿Quieres seguir destrozando tu vida de esa manera tan triste? Adelante. A mí nunca me escuchas.

Sal de nuevo, como cada sábado. Ínflate de orgullo y traga todo lo que puedas. Vamos, tu infierno particular te espera. Sal como cada sábado, y pierde de nuevo tu dignidad. Sí, a tí te hablo, estúpida descerebrada.
No puedo creer que en los tiempos que corren tú, cerebro de ameba, tengas más tetas que cerebro. ¡Mírate bien! Un esperpento sin ningún futuro, sin ninguna posibilidad.

- 'Por una sola vez no pasa nada, además yo sé que no me voy a enganchar'

¿¡Pero te estás oyendo!? Esa frase delata tus verdaderos sentimientos. Esa frase deja bien claro que ya estás enganchada.
Cada noche, cada sábado, cada semana de fiestas paso verdadero miedo. Tengo miedo, pero no por mí, sino por lo que puedas llegar a hacer. ¿Te imaginas que salgo de tu cerebro para siempre? Reacciona de una puta vez, maldita sea. Céntrate, busca un lugar en la vida que no esté lleno de bebida y de escasa dignidad etílica. Deja de una vez las tardes de borrachera, tu hígado te lo agradecerá. Deja de una vez de jugar con todas esas cosas, maldita sea. Aunque sea por mí, sólo por mí. ¿Tanto te cuesta? ¿Tan poco importante soy para tí que, pasando de largo ante mis consejos, vanalizas todas mis opiniones? ¡Piénsalo, por favor!"

Sentí como si me hablara mi conciencia. No tengo muy claro si fue ella o el error que se está gestando en mi vientre. No tengo nada claro. No sé si es la hepatitis, la cirrosis, o la afonía permanente. Ya no tengo claro si son los llantos de mis padres, la desilusión de mis amigos, mi propia perdición. Ya no sé si fue aquella tarde de Mayo, o todo lo que vino después, ya no sé si estoy viva o muerta. Desde aquel día, no tengo nada claro. ¿Qué he hecho? Santo Dios ¿¡Qué he hecho!?



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