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lunes, 11 de abril de 2011

Fortaleza alimentaria

Unas manos desnudas y vacías, se desesperaban por buscar el alimento. Unas manos jóvenes, pero hambrientas. Unas manos llenas de vida, pero faltas de comida. Unas manos con nubes blancas en las uñas a causa de la falta de calcio. Sin vello y sin arrugas, unas manos sólo buscando comida, unas manos normales, al fin y al cabo.

Abrieron, temerosas, la fortaleza que guardaba su ansiado tesoro, una fortaleza viva y del color de la sangre más pura. Los detalles son completamente prescindibles.

Las garras hambrientas se avalanzaron sobre la segunda barrera que bloqueaba su alimento, y se escuchó el "ras" propio de una sierra cuando topa con un clavo al tiempo que cercena la madera, y quedó todo al descubierto. Toda la superficie de la, hasta ahora inexpugnable fortaleza carmesí. Se observaba el borde circular, con una base metálica desde donde se elvaba el cilindro poseedor de la comida, redondeado y plateado, incrustándose hacia adentro con la fuerza de un titán, y conservando en perfecto estado la ansiada recompensa.

Aquellas manos, que aunque ya no hambrientas, insatisfechas, agarraban con dureza cualquier forma alimenticia que pudiera haber dentro de la fortaleza cilíndrica. Arrasaban con todo vestigio por nimio que fuera de elementos comestibles. Hasta que se pudo observar el borde y las paredes de la fortaleza, unas paredes plateadas, con dibujos en forma de espiral que rodeaban completamente el cilíndro hasta llegar al borde, donde se perdían en una cascada inerte en miniatura forcejeando por penetrar en la parte exterior de la fortaleza dando la vuelta sobre sí mismo.

Al fondo de la fotaleza, sobre su base metálica y poderosa, sólo quedaban migajas de lo que un día fue comida. Sólo los restos de lo que en algún tiempo pasado, sirvió de alimento a jóvenes y no tan jóvenes. Sólo las migas de un bastión casi ompenetrable, pero con un punto muy débil. La flaqueza de sus únicas murallas practicables, y la fiereza de las zarpas hambrientas de un jóven con la necesidad de saciar su apetito.
Había quedado vacío y olvidado, como las malas hierbas que crecen paralelas a los adoquines de la carretera, con los bordes roídos por el uso, y las espirales acartonadas de su interior levantadas por el mismo motivo.



NOTA: Hay que ver lo que se le puede ocurrir a uno en un día de soledad y un par de botes de Pringles, ¿No?

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