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jueves, 26 de mayo de 2011

Cellisca Divina

- ¡Vamos, lanza otro! - gritó aquel hombre semidesnudo en el centro de aquella nada húmeda salpicadísima de césped.
Desde su posición, avanzando sin pausa y con brío en cualquier dirección, se tardarían más de 4 horas en llegar a visualizar a lo lejos cualquier figura humana.

La llanura repleta de césped se extendía hacia el horizonte como una marabunta de hierba mojada que brillaba a cada fogonazo que el cielo prendía. Los montículos inmensos de hierba dibujaban en la línea del fin del mundo sinuosas curvas de infinitas variedades cromáticas.

A cada descarga de agua provocada por esa cellisca divina, la hierba se volvía de un color distinto. Podía mantener un tono verde claro durante uno o dos minutos, pero el viento arrastraba hileras infinitamente largas, pero escuálidamente estrechas de césped, trazando ondas perfectas de contraste de colores en un estallido de belleza cromática húmeda.

- ¡Desata tu furia! - Continuaba gritando - ¿Sólo eres capaz de eso?

La imagen épica de un hombre únicamente vestido por una camiseta lila muy rota, y unos jirones de tela que tal vez podrían haberse llamado "pantalones" en un pasado muy lejano, se dibujaba en mitad de la llanura herbácea.

Mientras las nubes descargaban su furia sobre él, y los Dioses clavaban en el suelo sus espadas eléctricas, miraba hacia el cielo, como si allí hubiera una respuesta para alguna pregunta.
Extendía los brazos, y de vez en cuando gritaba cosas ininteligibles. Su larga cabellera y su vetusta barba, empapadas hasta la saciedad, le daban la imagen de un chico desarreglado, pero guapo al fin y al cabo. Con los brazos abiertos continuó gritando:

- ¿¡Acaso es el fin!? - tuvo que esforzarse por aguantar la risa.

Un relámpago cegador iluminó el mundo por unos milisegundos, y en vez de una negra noche, pareció como si el astro rey estuviera en ese instante saludando a la Tierra.
Las trombas de agua caían al unísono, y el chasquido que se escuchaba a causa del choque del agua contra la hierba resultaba sedante. O al menos lo podría resultar si no sonaran truenos cada 5 segundos como mínimo.
De pronto, aquel hombre de pelo largo y harapos echó a correr por la llanura. De vez en cuando, en su carrera, ponía los brazos en cruz, y gritaba al cielo con la boca abierta. Los rayos que golpeaban con dureza la hierba hacían retumbar el suelo, y casi perdió el control de sus propios pies desnudos y empapados.
Cuando por fin el azar tuvo a bien, las extremidades inferiores se le entrelazaron, haciendo que cayera al suelo, provocando aún más salpicones en la hierba. Era dificil adivinar cuál era el sonido que primaba en el ambiente; Si los rayos y truenos, o los proyectiles acuosos que, estando tumbado boca arriba, riendo a mandíbula batiente, impactaban contra su cuerpo semidesnudo.

- Vamos... - gritó con todas sus fuerzas - ¡¡Desata tu ira!!

Y continuó riendo, con los brazos y las piernas formando una equis, con los truenos haciéndo retumbar el mundo, con los rayos, como lanzas celestes clavándose contra el suelo. Y con toda su alegría, siendo 23 de Diciembre de 2012, olvidando su pasado de niño brontofóbico. Viendo que, realmente, no había pasado absolutamente nada, ya no tenía que tenerle miedo ni a la muerte.



NOTA: Se me ocurrió porque ayer hubo una tormenta de proporciones bastante fuertes en Logroño. Y había pensado que el día 21 de Diciembre de 2012 (que se supone que llega el fin del mundo, porque lo dijeron unos tíos con plumitas y taparrabos que, casualmente, han desaparecido) habrá una tormenta de estas características en algún sitio, incluso más potente. ¿No? ¿Cómo se lo tomaría la gente que en ese preciso día haya una gran tormenta en su ciudad? Me muero por averiguarlo. 

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