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lunes, 7 de marzo de 2011

Torturas Nazis (Parte 4)

- No puede ser... es imposible. - masculló Gerald en un tono asustado.

Una gota de sudor helado brotó desde debajo de su gorra. Y la mirada del espía, con la cabeza agachada y los ojos en forma de flecha con el ceño fruncido, se clavaba en la del general, el cual se apresuró a agarrar con furza el palillo que había introducido hace pocos minutos en las encías del espía, el cual se retorció de dolor. Cuando lo hubo sacado, salpicando de sangre su, hasta entonces, impoluto traje militar, gritó:

- ¡Tu segundo apellido! ¡Vamos, Hans, quiero tu segundo apellido!

Los soldados al fondo de la habitación no supieron cómo reaccionar. Sólo se limitaron a mirar la escena con cara de póker.

Gerald abofeteó con fuerza la cara de Hans, la cual despidió millones de partículas en forma de saliva y sangre que fueron a parar como proyectiles sangrientos al sucio suelo de la cámara de torturas. Después soltó el palillo metálico y su agudo y tubular sonido resonó en toda la habitación, ahora silenciosa.
Todo permaneció en silencio unos segundos que parecieron horas.
Gerald se acachó, y acercó su cara al rostro del maniatado.
- Escuchame - Comenzó a decir con una voz grave y familiar - Puedo imaginarme quién eres, Hans Kasner, sólo necesito tu segundo apellido, y puede que todo esto termine. No me obligues a matarte de dolor, Hans. Todavía me quedan muchos cachivaches para jugar contigo, y si no eres quien espero que seas, te espera un final mucho más doloroso del que te puedas a llegar a imaginar. Muchísimo más horrible del que tu imaginación jamás huiera podido concebir.

Lindërr hablaba recreándose en sus palabras. Casi conocía a aquel hombre, pero aún así su mente enferma le estaba comenzando a poseer, e incluso el propio general dudaba de si, aunque fuera quien pensaba que era aquel hombre, tendría piedad de él. Lo que estaba claro es que el juego aún no había terminado.
Hans bajó la cabeza, jadeando. Después escupió una gran bola de saliva sanguinolienta, y continuó jadeando. El dolor que le había producido la varilla en las encías latía con furia, y pensó por un momento que fuera a desmayarse, pues el dolor de la que tenía clavada en la mano, pero que afortunadamente, no había logrado atravesar por completo dicha extremidad comenzaba a extendérsele hacia el brazo.

- Gerald, ¿Me equivoco? - Dijo Hans en un perfectísimo Alemán y sin levantar lo más mínimo la mirada del suelo adoquinado.

Gerald se levantó casi de un salto, y abrió mucho los ojos. Su cara se tornó muy seria, y se podía notar que casi apretaba los labios. Los tres soldados del fondo de la habitación pusieron la misma cara de asombro. ¿Cómo conocía aquel hombre el nombre del General? Y lo que es aún más inquietante ¿Cómo es posible que un espía americano hablara el alemán con ese acento tan perfecto?
- Gerald Lindërr, General del ejército de la Wermatch y mano derecha del general Rommel. Más de 40 medallas al valor en la campaña de África Korps. - Dijo Hans poniendo a prueba de nuevo su habla germánica sin ningún tipo de error. Un acento, pronunciación y fonética dignas de un verdadero guerrero Ario.
Gerald volvió a sentir el cosquilleo que sintió cuando escuchó el nombre del espía, y con un hilo de voz y una vena enorme palpitándole en la frente dijo:

- Hans Kasner Lindërr....

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